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España tiene una de las mejores armas contra el cambio climático y la está desaprovechando

España es el tercer país con más humedales de todo el mundo. Estos 72 ecosistemas, destacados por su valor ecológico y por ser mitigadores del cambio climático, son el refugio de una avifauna que, o bien vive de forma permanente en ellos, o bien lo habita de forma temporal como parada obligatoria en sus migraciones. No obstante, la presión agrícola, la urbanización y las extracciones masivas de agua del subsuelo han puesto en peligro la conservación de estos lugares.

Históricamente la fertilidad de sus tierras ha supuesto un hándicap para los humedales y ha creado un conflicto entre agricultores, empresarios y ecologistas. Si miramos atrás, en la primera mitad del siglo XX estos lugares ya estaban en el punto de mira. En 1918 la Ley de Desecación y Saneamiento de Lagunas, Marismas y Terrenos Pantanosos, también conocida como Ley Cambó, emprendió una cruzada contra los humedales en favor de la agricultura y de la sanidad, pues se consideraba tanto a las lagunas continentales como costeras fuente natural de enfermedades como el paludismo.

El máximo exponente de la norma tuvo lugar en Cádiz, en el campo de Gibraltar. Allí, años después de su promulgación y bien entrado el franquismo, se desecó la llamada Laguna de la Janda, un humedal que conectaba con las marismas del río Barbate y que era comparable con las inmensas extensiones de Doñana. Sus aguas albergaban la última zona de cría de la grulla en España y era el hábitat de aves como la malvasía, la focha moruna o el avetoro. Sin embargo, en un contexto de posguerra donde el hambre arreciaba en las poblaciones rurales, la búsqueda insaciable de terrenos de cultivo acabó definitivamente con la Janda en 1967. Doñana pudo correr esa misma suerte, pero la rápida negociación del biólogo José Antonio Valverde y de WWF con el gobierno franquista pudo evitar tal desastre ecológico.

Ante la situación de peligro que sufrían los humedales, en 1971 se creó el convenio Ramsar, cuya misión ha sido desde entonces la de regular su protección a nivel internacional. Este documento distingue entre tres tipos de zonas húmedas: las costeras, las continentales y las artificiales. Entre las primeras se incluyen zonas como la Albufera, el Delta del Ebro o el paraje de Doñana que, pese a estar protegidas bajo la figura de parque natural, continúan con los fantasmas de su desaparición. Es más, los humedales costeros son sin duda los más afectados. En los 90, las cifras oficiales advertían de que desde principios del siglo XX se había perdido un 60% de su superficie, dato que según creen desde SEO/BirdLife ha aumentado en la actualidad.

Aunque hoy en día no existe la posibilidad de que se explote de forma indiscriminada estos lugares protegidos como se hacía antaño, las amenazas indirectas siguen estando presentes. En Doñana, según un informe que publicó la organización WWF en septiembre del año pasado, existen más de 1.000 pozos y de 3.000 hectáreas de cultivo ilegales que se nutren del acuífero de Doñana, una de las fuentes de las que bebe el parque. Sin ir más lejos, la Junta de Andalucía aprobó en diciembre de 2014 un plan para el cierre de estas hectáreas y para recalificación de sus suelo que aún no se ha ejecutado. Este mismo problema tiene también incidencia en la Albufera y en el Delta del Ebro donde la agricultura tiene un gran peso.

Por un lado, en la zona de la Albufera valenciana la economía depende en gran parte de las cosechas de los arrozales, cultivados en torno a la laguna y que ocupan el 67% de su extensión. Sin embargo, el coste del progreso social se ha traducido en una degradación medioambiental de la zona. La calidad de las aguas de la Albufera se ha deteriorado: la alta cantidad de nitratos filtrados desde las parcelas agrícolas ha provocado que se desarrolle una elevada concentración de microalgas en el humedal que impide el buen desarrollo de la fauna y flora del lugar. Además, la progresiva ocupación de los hábitats de especies que requieren de entornos bien conservados ha supuesto que desde los años 70 hasta la fecha las aves y peces que ocupaban esta zona hayan ido turnándose por animales exóticos más flexibles a las inclemencias del lugar.

Por otro lado, el ecosistema del Delta del Ebro también ha sufrido la acción de la mano del hombre, aunque el principal problema viene río arriba. Las grandes avenidas del Ebro han originado históricamente las inundaciones de ciudades como Zaragoza, Calatayud o Logroño y su control fue una cuestión primordial para los gobiernos del pasado siglo. De hecho, a lo largo de su cauce y el de sus afluentes, el río posee 70 presas construidas en su mayoría durante la dictadura franquista que contienen su fuerza fluvial. Aunque el problema de las inundaciones se ha resuelto parcialmente, los sedimentos procedentes de los Pirineos y del Sistema Ibérico que alimentaban la fertilidad del delta se han visto reducidos en una gran proporción. A finales del siglo XIX, cuando no había embalses que regularan el cauce del Ebro, los registros de la época estimaban los sedimentos en 30 millones de toneladas métricas por año. Hoy, la arena que llega a la costa supone un 1 % del total.

Esta situación pone en relieve el riesgo de supervivencia del Delta del Ebro a largo plazo; un paisaje que es reserva de la Biosfera y que es uno de los enclaves de mayor biodiversidad de Europa. Sin las grandes avenidas que caracterizaban al río hasta hace pocos años, el poco material que llega a la desembocadura discurre plácido por el cauce hasta depositarse, mar adentro, en la plataforma continental y no regenera el delta, que resiste ante la erosión del oleaje marítimo. Luego, y ante la reducción de su espacio, la falta de diques naturales de contención y de aportes naturales de agua alimentan los fantasmas de la salinización y la eutrofización (un exceso de nutrientes en una masa de agua que provoca la disminución de oxígeno en la misma).

De vuelta a la biodiversidad

Dejando a un lado la importancia para la fauna y flora, una de las principales ventajas que tienen los humedales costeros es su capacidad de acción frente al cambio climático. Son los ecosistemas que funcionan mejor como sumideros de carbono (‘almacenes’ del dióxido de carbono de la atmósfera) y ayudan a contener las subidas del mar. Este carbono se acumula en los suelos de las depresiones y puede mantenerse durante miles de años ahí si el terreno no se altera.

Conscientes de esta realidad, hay varias iniciativas que tienen como objetivo recuperar la naturalidad de estos entornos, perdida a lo largo de los años. En el Delta del Ebro la búsqueda de un depósito positivo de sedimentos que garantice la supervivencia del entorno ha llevado al desarrollo del proyecto Life Ebro-Admiclim, que tiene como objetivo optimizar reducir la erosión marítima, aumentar la acumulación de carbono en el suelo y mejorar la calidad del agua del entorno. Lleva funcionando desde el año 2014 y pretende, entre otras medidas, buscar medidas alternativas para trasladar esos materiales que transporta el río y así evitar que se queden en el curso alto y medio del Ebro. Igualmente, otro proyecto Life, también busca recuperar la calidad del agua que se disfrutaba antaño en la Albufera de Valencia. Por ello, y en colaboración con la Universidad Politécnica de Valencia, el programa está desarrollando una serie de humedales artificiales que, además, servirían para mejorar la biodiversidad y la avifauna de la zona.

Este tipo de iniciativas, unidas a la concienciación que existe en torno a la importancia de mantener estos ecosistemas, también ha motivado a muchos grupos de la sociedad civil y empresarial a emprender nuevas iniciativas para restaurar o promover nuevos humedales que hasta la fecha se consideraban perdidos. Es el caso del proyecto en torno a la desembocadura del Guadalhorce (Málaga), que Coca Cola ha puesto en marcha dentro de su programa para devover el 100% del agua utilizada en sus productos. Tras la construcción de pantanos en su cuenca y, sobre todo, tras su encauzamiento entre los años 1997 y 2003, el río dejó amplias zonas no inundadas en su curso bajo. No obstante, hubo ciertas depresiones que se mantuvieron inundadas y que hoy en día ocupan más de 67 hectáreas actuando a modo de pequeños humedales.

La multinacional, en colaboración con la Universidad de Málaga, pretende consolidar estas lagunas por medio de 650 millones de litros de agua depurada que se repartirán en los próximos tres años por todo el parque natural. Para el catedrático de Geodinámica Externa de la Universidad de Málaga, Andreo Navarro, la idea es “buscar oferta de agua residual depurada y al mismo tiempo encontrar un demandante”.

Incluso en el campo de Gibraltar tampoco pierden la esperanza. Allí donde el Estado actuó para darle la Janda a los agricultores que deseaban la tierra, hoy los hijos y nietos de éstos esperan recuperar el esplendor que tuvo en su día la laguna. Al frente de las reivindicaciones , un movimiento denominado ‘Mójate por la Janda’ pretende reunir a las organizaciones y administraciones competentes para llegar, poco a poco, a un acuerdo. En declaraciones hechas a EFE en 2015, el naturalista Beltrán Ceballos explicó que restaurar el humedal entero es imposible pero que puede haber partes “que se podrían recuperar”.

En la actualidad, el espacio está ocupado por cooperativas que recibieron una concesión administrativa para la explotación de los terrenos desecados y a las que les quedan veinte años si no se produce una prórroga. Aun así, en los días de otoño o invierno suelen inundarse algunos de esos terrenos y se puede vislumbrar por momentos lo que era el humedal. Y parece que la Janda siguiera estando tan presente como cuando haces más mil años se derramara la sangre de cientos de soldados moros y cristianos en sus aguas.

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Fuente: eslang.es